Exclusión Cero

15/03/2006
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Las organizaciones cívicas se han convertido en una fuerza social. Son capaces de doblegar gobiernos y de poner en un brete a instituciones como el FMI. Se están convirtiendo en coprotagonistas del orden global, donde comparten reparto con los Estados y las empresas transnacionales. Forman parte de la "Sociedad Civil Global". Sin embargo, éxito obliga. Es difícil gozar de una identidad reconocida con tal proliferación de asociaciones y es difícil influir en el poder político y económico sin adoptar una estructura empresarial o sin asociarse a empresas que ayudan a la organización solidaria a aparecer en público y a tener capacidad de presión. De ahí que el voluntariado se vea envuelto en sospechas. Parece que las organizaciones voluntarias no son "gubernamentales" (que a veces sí lo son) y, a veces, tampoco se les puede caracterizar como "asociaciones sin ánimo de lucro" porque más bien parecen convertirse en un negocio. Y, por otro lado, sectores de un progresismo trasnochado les acusan de hacer el juego al sistema, poniendo "parches" donde lo necesario es transformar un sistema perverso. La necesidad de que exista una actividad como la voluntaria se muestra en que proporciona bienes a la sociedad sin los que sería menos humana. El voluntariado cobra su sentido de bregar por la exclusión cero, a través de la solidaridad personal y voluntaria, de trabajar para que no haya excluidos. Tarea que alguien tiene que realizar si nuestra sociedad quiere ser fiel a sus más elementales proclamas éticas. Trata la ética de la forja del carácter (êthos) para tomar decisiones justas y felicitantes. Y precisamente la tarea del voluntariado está conectada con la justicia y la felicidad. En lo que hace a la justicia, en nuestras tradiciones la base la constituye el reconocimiento de que cada persona es un fin en sí misma, que es valiosa, que tiene dignidad. Esta afirmación kantiana del "fin en sí mismo" rompe ese círculo del intercambio infinito. Hay algo que no se intercambia por un precio, porque no es intercambiable. Sin embargo, ¿cómo atender al principio de la dignidad humana en sociedades en que éste forma parte de lo que José Luis Aranguren llamaría "la moral pensada", lo que creemos que debería de ser, y no de "la moral vivida", la que funciona en la vida corriente? Porque en la vida cotidiana el que funciona como principio supremo es el principio del intercambio. Las personas somos "seres de carencias", necesitamos lo que otras personas y el entorno pueden ofrecernos. E intentamos tomarlo, mediante la fuerza o mediante el intercambio. En sociedades democráticas nos hemos convencido de que el intercambio y la cooperación son más inteligentes que la fuerza. Y por eso contemplamos nuestras relaciones sociales desde el cálculo de qué podemos obtener de ellas y qué debemos poner a cambio. Que no siempre es dinero, son también favores y privilegios. Pero ¿qué ocurre con los que no tienen nada que ofrecer a cambio? El que no tiene nada es un excluido. No entra en el sistema social del intercambio infinito, y es, en el mejor de los casos, objeto de beneficencia, pero no de reconocimiento. ¿Cómo poner en consonancia el principio del intercambio con el principio de la dignidad? ¿Cómo reconocer que las personas son dignas de respeto y que es inadmisible la exclusión? El bien que las organizaciones solidarias ofrecen consiste en trabajar por la inclusión. No sólo por lo que pueda ofrecer la persona, sino porque es, por sí misma, valiosa. Ell voluntariado, para ello, realiza cuatro tareas. Analiza y diagnostica la situación social en la que va a trabajar con todos los instrumentos científicos al alcance: con corazón y con cabeza. Denuncia que no se respetan los derechos básicos o no se promueven las capacidades básicas. Actúa junto con los excluidos, no "haciéndoles" la vida, sino empoderándoles para que la hagan ellos mismos. Y, por último, el mundo voluntario tiene que descubrir situaciones inéditas de exclusión e idear nuevos caminos de inclusión. En todo ello ha de colaborar el poder político cumpliendo sus tareas y apoyando las iniciativas más fecundas. También las empresas han de asumir su responsabilidad social, en la que cuentan todos los afectados por su actividad. No andamos sobrados de modelos de vida buena, de modelos de vida digna de ser vivida. Uno de ellos, es el de trabajar por la inclusión de quienes no parecen tener nada interesante que ofrecer. - Adela Cortina, Catedrática de Eduación y Filosofía Política, Universidad de Valencia. Centro de Colaboraciones Solidarias
https://www.alainet.org/de/node/114601
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