Apreciada democracia
10/07/2002
- Opinión
La señora, todos lo saben, nunca fue como Amelia, que, en opinión del
nostálgico Mario Lago, era mujer de verdad. Desde que saltó al escenario
de las instituciones políticas, su presencia siempre estuvo rodeada de
aquellas sospechas que envuelven a las mujeres que se casan con un hombre
pero coquetean con otros.
¿Recuerda aquellos tiempo de Grecia, cuando todavía era una niña? En
verdad, no todos los habitantes de Atenas tenían libre entrada en sus
jardines. Según algunos investigadores, apenas veinte mil atenienses
disfrutaban de la libertad que la señora logró introducir en las
decisiones políticas. Los cuatrocientos mil esclavos, los metecos y las
mujeres quedaban fuera, excluidos de la ciudadanía y por tanto del
derecho a participar en la vida pública.
En la edad moderna Rousseau, Tocqueville y Montesquieu colaboraron mucho
a su madurez. Con su encanto, al poco tiempo la señora hizo que la
antigua nobleza, toda arrugada, se retirase a sus aposentos privados, a
la espera de una muerte digna, aunque todavía algunas familias reales
insistan en prolongar su agonía. Pero en general lo hacen tomados de la
mano del parlamentarismo, como meras figuras decorativas, permitiendo que
la señora ocupe el espacio de las decisiones que resultan del
enfrentamiento plural de partidos y opiniones diferentes.
Su mejor atributo, la Libertad, exaltada en una tela de Delacroix, donde
aparece enseñando los senos, guiando al pueblo. Es una lástima que sus
otras dos hijas, la Igualdad y la Fraternidad, no hayan salido aún de la
escuela primaria, repudiadas por quien se harta con las desigualdades y
se impone por la discriminación.
Un fenómeno curioso es cómo la señora es más comentada que amada,
exaltada que practicada, evocada que realizada. Vea el Brasil. Desde la
caída del Imperio la señora fue secuestrada por nuestras élites y, aunque
nuestro pueblo fue obligado a pagar como rescate cotas de sufrimiento y
miseria, continúa impedida de ganar las plazas y las calles. Cuando
intentó salir del cautiverio, sus captores la castigaron con rigor,
haciéndola desaparecer de nuestro escenario político, como sucedió en la
década de 1930 (Estado Nuevo) y entre 1964 y 1985 (Dictadura Militar).
Con el fin del régimen militar la señora salió a la palestra,
tímidamente, todavía rehén de los mismos políticos que se beneficiaron
con la dictadura. Tancredo Neves murió a la puerta de su casa y, en los
brazos de Sarney, la señora experimentó el vértigo inflacionario,
favoreciendo su caída en la Casa da Dinda. Para salvarla fue preciso que
el pueblo ocupase las calles, rescatándola de quien pretendía, en su
nombre, transformar la cosa pública en un negocio privado.
Vino el gobierno de Itamar Franco y dio a luz al Rial, moneda que, en la
bolsa de la mayoría, continúa siendo virtual. Y preparó la cama para
F.H.Cardoso, elegido dos veces por la alianza de los mismos partidos
tolerados por la dictadura militar, aunque escondidos en siglas
diferentes. Así, los intereses de las élites quedaron asegurados, a salvo
de las turbulencias coyunturales, mientras que el Brasil se volvió
campeón mundial de la desigualdad social, al lado de Sierra Leona, y pasó
a ocupar el 69º lugar en el Índice de Desarrollo Humano.
Basta decir que, ocho años después, el 51.9 % de los trabajadores
brasileños ganan al mes, como máximo, dos salarios mínimos. Y que 1/3 de
los brasileños con más de 10 años de edad es analfabeto funcional, puesto
que no logró completar 4 años de estudios.
Ahora, en pleno año electoral, quieren mancillarla de nuevo, pues los
dueños del poder, tan bien estudiados por Raimundo Faoro, no admiten que
la señora tenga plena vigencia en nuestro país. Todos pueden ganar las
elecciones, excepto quien no está de acuerdo con el actual modelo
económico, financieramente concentrador y socialmente excluyente. De ahí
el terrorismo monetario, las presiones de los especuladores, la
declaración arrogante del señor Soros, para quien los brasileños votan
pero quien decide es el Imperio, dispuesto a desestabilizar el país en
caso de que sea elegido Lula.
Pues bien, apreciada Democracia, ¿qué están haciendo con usted? ¿Su
presencia entre nosotros es un mero juego escénico? ¿Lo que fue hecho en
ocho años es tan frágil, hasta el punto de no soportar su vigencia en
nuestra vida política? De entre quienes se jactan de estar comprometidos
con la señora, de hecho, ¿quién admite la alternancia de poder en Brasil?
Los que hacen terrorismo electoral en su nombre confiesan que la temen,
pues se acostumbraron a gobernar al pueblo, pero sin el pueblo.
https://www.alainet.org/en/node/108146
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