La Evo-iluSión boliviana

12/01/2010
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Luego de una visita in situ, el autor nos presenta su percepción del proceso boliviano.
 
Ni sus enemigos más afanosos dejan de reconocer que la llegada de Evo Morales a la Presidencia de Bolivia despertó una gigantesca, centenaria y obvia expectativa. Un pueblo extenuado de esperanzas y fatigado de promesas no podía dejar de sentirse reivindicado con la llegada al poder de “gente como uno”.
 
Bolivia, con 184 años de historia republicana y 65% de indígenas en su territorio hasta hace cuatro años, no había estrenado en su sillón presidencial a ningún candidato de ese origen. La falta de representatividad de Bolivia hace tiempo que estaba en Guinnes.
 
Pero el entusiasmo no alcanza para convertirse en cheque en blanco, ni siquiera para un respaldo definitivo. Evo es evaluado permanentemente, y eso se siente recorriendo las calles de La Paz. Se trata del “hermano Evo” que poco tiene que ver con el peruanísimo “hermanos amazónicos”, aunque suene parecido. Tampoco es el caudillo Morales, en una sociedad prolífica en cabecillas. Es más bien un hermano mayor, el que pudo destacar más con base en el sacrificio de todos. Se le exige, entonces, que rinda cuentas y que honre palabras más que a cualquier otro. ¿Cumplimiento de promesas? Sí, sí, o adiós.
 
Hablar de Evo, Bolivia, luchas, revueltas y reivindicaciones nos remite a la tierra, un problema-bandera que Morales supo izar en una Bolivia hastiada. El pilar de la plataforma de Evo fue (y es) la demanda indígena de poder elegir el destino de su propio destino. Evo sabe que la frase bonita tiene que aterrizar en verbo si no quiere convertirse en otro adjetivo más de la historia patria. Antes de él, en menos de ocho años Bolivia había abortado cinco mandatos; y a él mismo, por más “hermano Evo” que lo llamen, no parecían estar dispuestos a darle más chance. Al contrario.
 
Quizá Morales no hubiera llegado hasta hoy si no hubiese echado a andar en la nueva Constitución los andamios de la Ley de Autonomía, indesligable de su llamada “revolución agraria”.
 
La famosa autonomía indígena consiste en el autogobierno de estos pueblos en ciertas jurisdicciones especiales, que se establecen a partir de su presencia ancestral en esos espacios. En las elecciones del pasado 6 de diciembre, junto con la reelección de Evo se aprobó la ansiada Ley de Autonomía.
 
El tiempo de la tierra
 
En Bolivia la lucha por la tierra tiene tres tiempos: la repartición individual, la venta de éstas y la actual reivindicación de tierra y territorio impulsada por el Estado, tomando en cuenta la estructura social y cultural de cada etnia.
 
La reforma agraria de inicios de la década de 1950 realizada por el gobierno militar nacionalista prometió mucho y funcionó poco. “La tierra es para quien la trabaja” tuvo una aplicación vertical e individual. Los campesinos recibieron la tierra sin ningún tipo de proyecto, desconociéndose el uso y práctica colectiva agraria. Muchas de ellas se terminaron vendiendo, algunas veces al peor postor.
 
El proceso que inaugura Morales no se concentra solo en la titulación de tierras, sino que une a ésta la reivindicación de territorio y la autonomía política, económica y jurídica.
 
En Bolivia, los protagonistas de la reforma constitucional la defienden con uñas y dientes:
 
“Estamos en un periodo histórico muy importante y privilegiado: no solamente tenemos que proyectar instituciones y normas sino dar rienda suelta a nuestra imaginación y creatividad. Tenemos posibilidad de plasmar muchas utopías y sueños colectivos. Son esperanzas que en su momento parecían imposibles”, señala el ministro de Autonomía, Carlos Romero.
 
Pero esta imagen cuasi paradisíaca no está exenta de cuestionamientos:
 
Muchos ruidos y pocas nueces es la conclusión de Miguel Urioste, de la Fundación Tierra de Bolivia, sobre el proceso de revolución agraria: “Se trata de una declaración muy ambiciosa sin capacidades técnicas y operativas suficientes. Finalmente se ha generado una expectativa mucho más grande de la que finalmente se ha logrado alcanzar luego de tres años y medio de proclamada. Se ha planteado el objetivo maximalista de eliminar el latifundio y de titular 20 millones de hectáreas; lamentablemente, en la zona del Oriente no se ha tocado al poder político, económico y social. La titulación de los territorios indígenas ha significado un avance muy importante en términos de cantidades de hectáreas, pero no necesariamente en términos de población beneficiaria, porque se trata de tierras fiscales de regiones muy alejadas, sin vías de comunicación y sin posibilidades de aprovechamiento. Por lo tanto, es un éxito, pero un éxito a medias”.
 
Miguel Urioste no tiene nada de opositor: es un intelectual identificado con el proceso y que no duda en celebrar el ascenso de Morales: “Hay una genuina irrupción del poder popular indígena desde las bases de la sociedad civil que se han venido acumulando durante décadas. Se trata de un proceso de rebeldía no para contestar al poder estatal sino para apropiarse de él, y esto marca una diferencia sustantiva con otros movimientos de América. Es la primera vez que no solo tenemos un Presidente indígena sino además un proceso con control y participación indígena mayoritaria en las decisiones estratégicas más importantes. Si esto llegara a fracasar, la responsabilidad histórica sería gigantesca”.
 
El mismo ministro de Autonomía, Carlos Romero, cuando se explaya en el asunto reconoce entre líneas las dificultades del proceso:
 
“Este proceso de cambio es la etapa más compleja de todo proceso constituyente. Hemos pasado de la movilización a la implementación, que implica mucha más movilización aun de ideas y personas”.
 
 ¿Qué hay de nuevo, Evo?
 
El desfase entre discurso y acción puede tener un lapso de tolerancia, ya que los cambios a ese nivel son muy complejos, por las circunstancias y poderes con los que se tiene que lidiar; pero si se convierte en una constante, el problema puede ser mucho peor. Pareciera que es mucho lo que se promete y poco lo que se está cumpliendo, a ojos del investigador Anthony Bebbington de la Universidad de Manchester: “Hay un periodo de hacer política y de dictar leyes, pero también hay que gestionar cambios. El componente gestión no ha recibido la atención que ha debido recibir; hay en ese campo todavía mucho por hacer”. El discurso encendido y victorioso puede tener un buen efecto a corto plazo, pero puede también ser funesto, cuando la gente comience a descubrir que existen más palabras que cimientos.
 
La socióloga Zulema Lehm advierte sobre el desfase que produce la aceleración política: “En Bolivia los procesos se dan aceleradamente y a sobresaltos, lo que tiene gran ventaja porque se avanza rápido en las formas; la desventaja está en que los procesos no se van cimentando y quedan muchos baches que luego son difíciles de superar”.
 
Hay quienes van más lejos y cuestionan el compromiso de fondo del Gobierno con lo fundamental de las reivindicaciones indígenas. Pablo Villegas, del CEDIB, considera que la reforma agraria no tiene nada de revolucionaria y que el comportamiento del Gobierno de Morales en el tema agrario no dista mucho del de otros países que se precian de neoliberales: “El Gobierno no es contrario a los transgénicos ni a los biocombustibles. Han negociado la Constitución con los sectores que estaban a favor de este tipo de agricultura. Los sectores separatistas elaboraron unos estatutos autonómicos para independizarse y escribieron claramente que estaban a favor de transgénicos y biocombustibles y querían total autonomía para decidir sobre eso. El Gobierno ha tranzado con ellos y ahora les reconoce autonomía total sobre el tema. Hay puntos que no pueden ser negociables: uno de ellos es el que compromete el bienestar de la población, y el otro, el medio ambiente”.
 
Esta posición es desmentida categóricamente por Cliver Rocha, viceministro de Tierras: “Nosotros estamos por recuperar el sentido productivo de la tierra. Existe una posición muy clara del Estado y del Gobierno y no vamos a incentivar cualquier transformación del uso productivo de la tierra que no sea para alimentos”.
 
La tentación vecina
 
Para dirimir cuál es la verdad en este proceso resulta necesario preguntarse sobre quién es este personaje que ha despertado tantas pasiones dentro y fuera de Bolivia. Quizá sea el más controvertido de la historia boliviana después del mismísimo Mariscal Sucre. Miguel Iturbide, que lo conoce mucho, opina que, para bien y para mal, el pragmatismo es un aspecto que marca la personalidad de Morales: “Morales es un hombre testarudo, muy pragmático y de ideas fijas. Es un antiimperialista militante y un hombre hecho para conflictos y no para procesos de concertación. Pero definitivamente hay un Evo Morales de antes y uno después de iniciado su mandato. Su capacidad de aprendizaje de la cosa pública es notable. Creo que cuatro años de un mandato presidencial exitoso están dando como resultado un Presidente que se da cuenta de que tiene que incluir más a otros sectores de la sociedad y no solo a militantes del MAS”.
 
Mantenerse en el poder fue para Evo Morales en algún momento asunto de apuestas. Hay quienes no le daban más de cuatro meses. Decían que se lo bajarían tirios o troyanos. Cuatro años después, la torta se ha invertido, y ya hay quienes lo quisieran ver en el cargo veinte años. ¿Síndrome venezolano? Evo se apresta a una segunda reelección y es inevitable pensar en esa pegajosa tendencia chavista.
 
Iturbide no oculta su desagrado con esta posibilidad: “Sería un grave error. Yo creo que esa tentación existe en el caudillo que se siente irreemplazable y elemento central del proceso que, sin duda, lo es. Sin embargo, pienso que los dos periodos consecutivos con amplia mayoría dan absoluta legitimidad democrática y participativa; un tercero ya no. Si se mira la historia no solo de Bolivia sino también de otros países se ve cómo se cae rápidamente en el autoritarismo y el monopartidismo, se copta a los movimientos sociales y a la sociedad civil. Todo lo hace el Estado, y eso está muy cerca del fascismo”.
 
Pero aquí el oficialismo no es tan contundente como en otros temas. Roxana Liendo, presidenta del Programa Vida, pretende una explicación —mejor dicho, un elogio— a la reelección: “Este tema no lo hemos inventado nosotros. Hubo reelección en Estados Unidos (Bush gobernó tres gestiones), hay reelección en gobiernos europeos (Miterrand ha gobernado muchas gestiones), pero nos escandalizamos cuando acá queremos hacer una reelección más para garantizar la continuidad. Hay que ser más equilibrados en el juicio. No existe una democracia perfecta; ni siquiera la griega lo fue. En el mundo andino tenemos al Malku o al Inca que representa la figura del poder como padre. Ahí es muy difícil suplantar la figura sobre todo cuando lo hace bien. Yo creo que en Bolivia se están promoviendo figuras de liderazgo de campesinos e indígenas que saben que ésta es su oportunidad”.
 
A pesar de ello, el consenso es que la reelección indefinida sería, en cualquier caso, una derrota moral de Morales.
 
El Presidente boliviano, además de afrontar la demanda de sus pares y asumir la titánica tarea de hacerse creíble en un país increíble, deberá a la vez hacer los malabares necesarios para que los grupos de poder no hagan lo que les gusta hacer cuando un presidente no es de su gusto. Pero, a la vez, debe también dar signos necesarios para que no se le confunda tanto con su amigo don Hugo.
 
Dijimos que el punto de inicio para la transformación boliviana fue la reforma constituyente, pero no podemos hablar de punto final. La consolidación de este proceso se vive cada día. Y cada paso representa 100 dificultades. Las piedras vienen de todos lados: los de abajo que no perdonan y los de adelante que no permiten. Al frente de la batalla el Evo, entre conquistas, tropiezos, bandazos, y conquistas, va aquilatando un lugar en la historia. ¿Qué lugar? Ése es el punto. De inicio o final.
 
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