La lección argentina:
los invisibles se adueñaron de la escena
30/12/2001
- Opinión
No sólo en la Argentina, no sólo en América latina, el sistema está
ciego. ¿Qué son las personas de carne y hueso? Para los economistas
más notorios, números. Para los banqueros más poderosos, deudores.
Para los tecnócratas más eficientes, molestias. Y para los políticos
más exitosos, votos. Ahora los invisibles han ocupado, cosa rara, el
centro de la escena. Son los que se niegan a seguir comiendo promesas;
los que han sido despojados de sus salarios y de sus jubilaciones; los
que han sido desvalijados de sus ahorros de toda la vida; los jóvenes
que se sienten traicionados por el país que heredan. En el río
revuelto de la bronca colectiva, aparecen también los pescadores: los
provocadores, los delincuentes, los violentos, los que quieren desviar
el justo torrente de la indignación popular, para que todo acabe en una
guerra de pobres contra pobres. Pero eso no quita ni un poquito de
valor a la pueblada que volteó al gobierno de De la Rúa, ni a las
caceroladas de después, que son irrefutables pruebas de energía
democrática. De la Rúa había dicho, en su discurso, palabra más,
palabra menos: la realidad no existe, la gente no existe. La
democracia somos nosotros, le respondió la gente, y nosotros estamos
hartos. ¿O acaso la democracia consiste solamente en el derecho de
votar cada cuatro años? ¿Derecho de elección o derecho de traición? En
la Argentina, como en tantos otros países, la gente vota, pero no
elige. Vota por uno, gobierna otro: gobierna el clon.
El clon hace, desde el gobierno, todo lo contrario de lo que el
candidato había prometido durante la campaña electoral. Según la
célebre definición de Oscar Wilde, cínico es el que conoce el precio de
todo y el valor de nada. El cinismo se disfraza de realismo y así se
desprestigia la democracia. Las encuestas indican que América latina
es, hoy por hoy, la región del mundo que menos cree en el sistema
democrático de gobierno. Una de esas encuestas, publicada por la
revista The Economist, reveló la caída vertical de la fe de la opinión
pública en la democracia, en casi todos los países latinoamericanos:
hace medio año, sólo creían en ella seis de cada diez argentinos,
bolivianos, venezolanos, peruanos y hondureños, menos de la mitad de
los mexicanos, los nicaragüenses y los chilenos, no más que un tercio
de los colombianos, los guatemaltecos, los panameños y los paraguayos,
menos de un tercio de los brasileños y apenas uno de cada cuatro
salvadoreños. Triste panorama, caldo gordo para los demagogos y los
mesías de uniforme: mucha gente, y sobre todo mucha gente joven, siente
que el verdadero domicilio de los políticos está en la cueva de Alí
Babá y los cuarenta ladrones.
Un recuerdo de infancia del narrador Héctor Tizón: en la Avenida de
Mayo, en Buenos Aires, su papá le señaló a un señor que en la vereda,
ante una mesita, vendía pomadas y cepillos para lustrar zapatos: -Ese
señor se llama Elpidio González. Miralo bien. El fue vicepresidente
de la república. Eran otros tiempos. Sesenta años después, en las
elecciones legislativas de 2001, hubo un aluvión de votos en blanco o
anulados, algo jamás visto, un record mundial. Entre los votos
anulados, el candidato triunfante fue el pato Clemente, que no tiene
manos para robar.
Quizá nunca América latina había sufrido un saqueo político comparable
con el de la década pasada. Con la complicidad y el amparo del Fondo
Monetario Internacional y del Banco Mundial, siempre exigentes de
austeridad y transparencia, varios gobernantes robaron hasta las
herraduras de los caballos al galope. En los años de las
privatizaciones, rifaron todo, hasta las baldosas de las veredas y los
leones de los zoológicos, y todo lo evaporaron. Los países fueron
entregados para pagar la deuda externa, según mandaban los que de veras
mandan, pero la deuda, misteriosamente, se multiplicó entre los dedos
ágiles de Carlos Menem y muchos de sus colegas. Y los ciudadanos, los
invisibles, se han quedado sin países, con una inmensa deuda que pagar,
platos rotos de esa fiesta ajena, y con gobiernos que no gobiernan,
porque están gobernados desde afuera. Los gobiernos piden permiso,
hacen sus deberes y rinden examen: no ante los ciudadanos que los
votan, sino ante los banqueros que los vetan.
Ahora que estamos todos en plena guerra contra el terrorismo
internacional, esta duda no está demás: ¿qué hacemos con el terrorismo
del mercado, que está castigando a la inmensa mayoría de la humanidad?
¿O no son terroristas los métodos de los altos organismos
internacionales, que en escala planetaria dirigen las finanzas, el
comercio y todo lo demás? ¿Acaso no practican la extorsión y el crimen,
aunque maten por asfixia y hambre y no por bomba? ¿No están haciendo
saltar en pedazos los derechos de los trabajadores? ¿No están
asesinando la soberanía nacional, la industria nacional, la cultura
nacional? La Argentina era la alumna más cumplida del Fondo Monetario,
del Banco Mundial y de la Organización Mundial del Comercio. Así le
fue.
Damas y caballeros: los primeros son los banqueros. Y donde manda
capitán, no manda marinero. Palabras más, palabras menos, éste fue el
primer mensaje que el presidente George W. Bush envió al presidente
Rodríguez Saá. Desde la ciudad de Washington, capital de los Estados
Unidos y no sólo de los Estados Unidos, Bush indicó que la Argentina
debe "proteger" a sus acreedores y al Fondo Monetario Internacional y
llevar adelante una política de "más austeridad". Mientras tanto, en
Buenos Aires, el nuevo Presidente provisional metió la pata en su
primera respuesta a la prensa. Un periodista le preguntó qué iba a
priorizar, la deuda o la gente, y él contestó: "La deuda". Don Sigmund
Freud sonrió desde su tumba, pero Rodríguez Saá corrigió de inmediato
su respuesta. Y poco después, anunció que suspenderá los pagos de la
deuda y destinará ese dinero a crear fuentes de trabajo para las
legiones de desocupados. La deuda o la gente, ésa es la cuestión. Y
ahora la gente, al son de sus tachos de cocina, suena y exige.
Hace cosa de un siglo, don José Batlle y Ordóñez, presidente del
Uruguay, estaba presenciando un partido de fútbol. Y comentó: -¡Qué
lindo sería si hubiera 22 espectadores y diez mil jugadores! Quizá se
refería a la educación física, que él promovió. O estaba hablando, más
bien, de la democracia que quería. Un siglo después, en la orilla
argentina del río, muchos de los manifestantes llevaban la camiseta de
su selección nacional de fútbol, su entrañable señal de identidad, su
alegre certeza de patria: con la camiseta puesta, tomaron las calles.
La gente, harta de ser espectadora de su propia humillación, ha
invadido la cancha. No va a ser fácil desalojarla.
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