¿Va a despegar el Brasil?
30/06/2007
- Opinión
Viajero empedernido, siempre por cuestiones de trabajo, he sufrido en aeropuertos y aviones. Me salva la paciencia y el hábito de leer y escribir. Además de que no soy proclive a impaciencias. A la indignación sí. Aprecio mi estado de espíritu y a las vendedoras o agentes de tierra injustamente culpadas por el caos aéreo.
No sirve de nada cebarse en el eslabón más frágil. La culpa no es de las empresas de vuelo, aunque tengan la obligación de asegurar un buen trato a sus clientes, incluídas la alimentación de calidad y hotelera en caso de demoras o atrasos.
¿De quién es la culpa? Según los voceros ministeriales, de nuestra incapacidad para volver erótico lo que es neurótico o para identificar en la afluencia de pasajeros la prueba cabal de la prosperidad del país… Ahora se acaba de inventar un nuevo índice del crecimiento económico: el Ica (Índice del caos aéreo). Quizás en homenaje a Ícaro.
En la búsqueda de culpables -y agradecidos a los ángeles de los cielos del Brasil de que no hayan ocurrido nuevos accidentes-, el lado más frágil son los controladores de vuelo. Lo que recuerda aquella anécdota del ladrón saltando un muro con un cerdo al hombro; sorprendido, le echó la culpa al cerdo que se atrevía a agarrarle por la espalda…
¿Y quién controla a los controladores? ¿Cómo exigirles que sean eficientes si carecen de calificación suficiente, no dominan el inglés y su sueldo es irrisorio? Se castiga a los controladores sin apuntar a los verdaderos responsables. De poco sirve que el comandante de la Aviación haya tratado de dar una explicación. La nación espera soluciones.
Ahora los controladores están siendo sustituidos por personal de la Defensa Aérea. Según Sergio Mota, presidente de la Asociación de Controladores de Vuelo, los militares de la Defensa Aérea entienden de protección de las fronteras aeronáuticas pero no del tráfico de aviones de pasajeros. Y si se dio cierta mejoría en el caos durante la semana anterior se debió a la reducción de la demora entre las aeronaves que surcan nuestros cielos. O sea, que aumentó el peligro de accidentes.
Si el caos fuera señal de prosperidad el aeropuerto de Frankfurt sería el infierno. Lo que le falta al Brasil es planificación estratégica. También el transporte urbano es asfixiante en las grandes ciudades. Nuestros metros son escasos, caros y se van ampliando a paso de tortuga. El número de autobuses clandestinos y de microbuses de origen sospechoso demuestra cuán preocupante es la situación. ¡Quién fuera capaz de obligar al ministro de Transportes a que una vez al mes se pusiera en una parada de buses de una capital en las horas punta! La cabeza piensa donde pisan los pies…
¿Y nuestra red ferroviaria? El gato made in USA comió. Nos obligan a consumir petróleo, sea para abastecer los vehículos automotores, sea para la fabricación del asfalto, precario, que reviste nuestras carreteras, encareciendo el precio de las mercancías. Ahora surge la propuesta extravagante de construir un tren-bala entre Rio y São Paulo. ¿Hay demanda para tal novedad? ¿Por qué fracasó el Vera Cruz, tan confortable? ¿Cuál será el costo de cada kilómetro construido? Hay que compararlo con el costo similar en los países desarrollados. Por la criba voraz de las obras públicas se han esfumado paladinamente muchos recursos públicos.
¿Por qué nuestras carreteras son mal rebacheadas? ¿Por qué, a la primera lluvia, se abren en cráteres? ¿Las licitaciones exigen y fiscalizan plazos de validez, o no pasan de ser amañados acuerdos entre corruptos, poniendo en peligro la vida de los usuarios y perjudicando la economía nacional? Son preguntas que no pueden ser omitidas.
Y los ancianos, ¿cómo han sido tratados por las empresas de autobuses, obligadas por la ley a facilitarles asientos?
Un país como el Brasil, que presume de producir más de cien mil millones de dólares, no tiene el derecho de ofrecer a su población -y a los turistas que atrae- transportes insuficientes, ineficientes, caóticos y deficientes en cuanto a su estructura. La culpa es del gobierno. Hace falta que los ciudadanos se movilicen y presionen, sin lo cual nunca serán transportados a un futuro mejor, en el que el pasajero -de autobús o de avión- sea considerado lo más importante y cuyos derechos sean férreamente respetados.
La sensación que nos da, a los viajeros compulsivos, es que andamos desde hace meses por un intrincado laberinto. ¿Habrá salida? ¿Quién es capaz de encontrarla?
- Frei Betto es escritor, autor de “Trece cuentos diabólicos y uno angelical”, entre otros libros.
Traducción de J.L.Burguet
No sirve de nada cebarse en el eslabón más frágil. La culpa no es de las empresas de vuelo, aunque tengan la obligación de asegurar un buen trato a sus clientes, incluídas la alimentación de calidad y hotelera en caso de demoras o atrasos.
¿De quién es la culpa? Según los voceros ministeriales, de nuestra incapacidad para volver erótico lo que es neurótico o para identificar en la afluencia de pasajeros la prueba cabal de la prosperidad del país… Ahora se acaba de inventar un nuevo índice del crecimiento económico: el Ica (Índice del caos aéreo). Quizás en homenaje a Ícaro.
En la búsqueda de culpables -y agradecidos a los ángeles de los cielos del Brasil de que no hayan ocurrido nuevos accidentes-, el lado más frágil son los controladores de vuelo. Lo que recuerda aquella anécdota del ladrón saltando un muro con un cerdo al hombro; sorprendido, le echó la culpa al cerdo que se atrevía a agarrarle por la espalda…
¿Y quién controla a los controladores? ¿Cómo exigirles que sean eficientes si carecen de calificación suficiente, no dominan el inglés y su sueldo es irrisorio? Se castiga a los controladores sin apuntar a los verdaderos responsables. De poco sirve que el comandante de la Aviación haya tratado de dar una explicación. La nación espera soluciones.
Ahora los controladores están siendo sustituidos por personal de la Defensa Aérea. Según Sergio Mota, presidente de la Asociación de Controladores de Vuelo, los militares de la Defensa Aérea entienden de protección de las fronteras aeronáuticas pero no del tráfico de aviones de pasajeros. Y si se dio cierta mejoría en el caos durante la semana anterior se debió a la reducción de la demora entre las aeronaves que surcan nuestros cielos. O sea, que aumentó el peligro de accidentes.
Si el caos fuera señal de prosperidad el aeropuerto de Frankfurt sería el infierno. Lo que le falta al Brasil es planificación estratégica. También el transporte urbano es asfixiante en las grandes ciudades. Nuestros metros son escasos, caros y se van ampliando a paso de tortuga. El número de autobuses clandestinos y de microbuses de origen sospechoso demuestra cuán preocupante es la situación. ¡Quién fuera capaz de obligar al ministro de Transportes a que una vez al mes se pusiera en una parada de buses de una capital en las horas punta! La cabeza piensa donde pisan los pies…
¿Y nuestra red ferroviaria? El gato made in USA comió. Nos obligan a consumir petróleo, sea para abastecer los vehículos automotores, sea para la fabricación del asfalto, precario, que reviste nuestras carreteras, encareciendo el precio de las mercancías. Ahora surge la propuesta extravagante de construir un tren-bala entre Rio y São Paulo. ¿Hay demanda para tal novedad? ¿Por qué fracasó el Vera Cruz, tan confortable? ¿Cuál será el costo de cada kilómetro construido? Hay que compararlo con el costo similar en los países desarrollados. Por la criba voraz de las obras públicas se han esfumado paladinamente muchos recursos públicos.
¿Por qué nuestras carreteras son mal rebacheadas? ¿Por qué, a la primera lluvia, se abren en cráteres? ¿Las licitaciones exigen y fiscalizan plazos de validez, o no pasan de ser amañados acuerdos entre corruptos, poniendo en peligro la vida de los usuarios y perjudicando la economía nacional? Son preguntas que no pueden ser omitidas.
Y los ancianos, ¿cómo han sido tratados por las empresas de autobuses, obligadas por la ley a facilitarles asientos?
Un país como el Brasil, que presume de producir más de cien mil millones de dólares, no tiene el derecho de ofrecer a su población -y a los turistas que atrae- transportes insuficientes, ineficientes, caóticos y deficientes en cuanto a su estructura. La culpa es del gobierno. Hace falta que los ciudadanos se movilicen y presionen, sin lo cual nunca serán transportados a un futuro mejor, en el que el pasajero -de autobús o de avión- sea considerado lo más importante y cuyos derechos sean férreamente respetados.
La sensación que nos da, a los viajeros compulsivos, es que andamos desde hace meses por un intrincado laberinto. ¿Habrá salida? ¿Quién es capaz de encontrarla?
- Frei Betto es escritor, autor de “Trece cuentos diabólicos y uno angelical”, entre otros libros.
Traducción de J.L.Burguet
https://www.alainet.org/es/active/18381
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