Las inciertas muertes de Allende y Neruda
14/04/2013
- Opinión
Cuando yo muera quiero tus manos en mis ojos;
quiero la luz y el trigo de tus manos amadas
Si el presidente Salvador Allende murió a manos del ejército sublevado por Augusto Pinochet o se quitó la vida antes de rendirse en el Palacio de la Moneda de Santiago de Chile, aquel 13 de septiembre de 1973 las balas que lo mataron, vinieran de donde vinieran, perpetraban uno de los magnicidios más indignantes en la historia de América Latina.
El entonces embajador de México en Chile, Gonzalo Martínez Corbalá, estuvo cerca de los acontecimientos en torno al golpe de estado que estableció la oscura noche de la dictadura pinochetista; el ex embajador aporta algunos elementos proporcionados por testigos presentes en el asalto al Palacio de la Moneda que reforzarían la tesis del asesinato del presidente socialista. Entre ellos, el relato de uno de los allegados a Allende, hecho en la embajada de México, quien afirma que, habiendo acatado la orden del presidente de salir del Palacio y rendirse, se escuchó no uno, sino una ráfaga de disparos antes de que el mandatario fuera encontrado muerto en su despacho.
Pero si determinar con certeza las circunstancias de la muerte de Allende ha correspondido a investigadores, periodistas y testigos, Martínez Corbalá sí tiene elementos para suponer que el poeta Pablo Neruda falleció diez días después, no a consecuencia de un padecimiento, sino por otra causa que bien pudo ser un asesinato en la clínica donde se encontraba ingresado antes de ser llevado al avión de la Fuerza Aérea Mexicana que lo trasladaría a México.
El embajador Martínez Corbalá conversó con el autor de este artículo cuando se preparaba la edición del libro Proceso contra la historia, en el que se hace un recuento de la política exterior de México en la administración de Luis Echeverría. Eran los años en los que las relaciones de México con el exterior se caracterizaban por el respeto a la soberanía y la autodeterminación de las naciones y por la solución de los conflictos por la vía pacífica. Martínez Corbalá refrenda esas impresiones. Refiere:
Dos días después del ataque al Palacio de La Moneda, la noche del 15 de septiembre de 1973 el Presidente Luis Echeverría instruía al todavía embajador de México: a la una de la mañana del día siguiente estaría en el hangar presidencial un avión militar, un transporte de gran capacidad, que lo conduciría a Santiago. El embajador había llegado esa misma mañana en otro avión procedente de la capital chilena con decenas de refugiados a quienes él y personal de la embajada habían dado asilo, huyendo de la persecución del ejército y la policía en las horas que siguieron al golpe de Estado que derrocó al presidente constitucional.
En la embajada de México en Chile estaban refugiados cerca de quinientos perseguidos por las fuerzas militares; había que procurar su asilo, explicó el embajador al Presidente. La disposición para hacerlo fue inmediata y precisa por parte del Presidente: “Busque usted a Pablo Neruda. Tengo entendido que su salud no está bien. Ofrézcale a él y a su esposa Matilde la hospitalidad de México y la protección que sea necesaria”.
Comenzaba así uno de los capítulos más significativos de la política exterior de México, en la que ha destacado por su defensa y práctica del derecho de asilo. En 1939 el Presidente Lázaro Cárdenas había dado refugio a más de treinta mil republicanos españoles. Se estima que en 1973 y los meses que siguieron al golpe de Estado llegaron a México más de cinco mil chilenos, muchos de ellos atendidos personalmente por la señora María Esther Zuno de Echeverría.
El embajador Martínez Corbalá cumplió la misión encomendada por el Presidente Echeverría. Al día siguiente de su llegada a Chile visitó a Pablo Neruda y a su esposa Matilde en su casa de Isla Negra. El poeta rechazó en principio la hospitalidad ofrecida; finalmente la aceptó, con la salvedad de que su estancia sería como huésped, no como refugiado. La salida sería el sábado 22, pero a última hora Pablo Neruda pidió cambiar el viaje al lunes 24. El domingo 23 falleció en la clínica donde era atendido.
El embajador Martínez Corbalá no tiene una evidencia cierta de que Pablo Neruda haya muerto por una causa distinta a la de su enfermedad. Pero sí tiene un elemento de convicción: contra lo que se ha afirmado sobre el estado supuestamente catatónico en el que se encontraba el poeta, afirma que en sus pláticas con él estaba perfectamente lúcido y que, por motivos que él desconoce, le pidió posponer dos días el viaje a México.
Como la de Salvador Allende, la de Pablo Neruda es una más de las muertes, miles, que marcaron al sanguinario régimen del dictador Pinochet.
Salvador del Río
Periodista y escritor mexicano
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