Conspiracionismo y derechización

10/09/2020
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No es fortuito que, en la actual coyuntura mundial de crisis múltiples, hayan irrumpido esos rocambolescos discursos conspiracionistas que vemos diariamente. Según los cuales, todo lo que está ocurriendo, desde la pandemia y su carrera por las vacunas hasta la debacle económica internacional, tiene su origen en una gran “conspiración globalista”. En otras condiciones deberían considerarse simples payasadas estas elucubraciones; no obstante, tienen mucha gente que cree y milita por ellas. Y, asimismo, en medios hegemónicos y redes sociales circulan con amplia fluidez. En tiempos de desplazamiento de la verdad y naturalización de los extremismos, debemos tomarlas muy en serio debido a sus implicaciones. Veamos.

 

Conspiracionismo y odio de clase

 

La matriz de opinión conservadora, y su amplia capacidad de moldear e instaurar sentidos comunes, goza de mucha potencia en estos tiempos. La globalización financista neoliberal, hegemónica desde principios de la década del 90 del siglo pasado, ha dejado un saldo de más perdedores que beneficiados. Principalmente, entre las otrora pujantes clases medias de los países centrales del sistema-mundo. Las cuales han visto la precarización abrirse paso en sus ciudades y comunidades; dando al traste con el ideal de vida que ordenó y formateó sus sentidos comunes y marcos de opinión en décadas pasadas. Era el ideario, según el cual, vivirían mejor que sus padres y abuelos. Un sector social que se proyectó al futuro con optimismo y certezas. Y que, desde el imaginario de la superioridad moral y técnica del norte global blanco y rico, configuró su visión acerca del sur global pobre y no blanco que sus élites directa e indirectamente seguían dominando.

 

Sin embargo, el capitalismo financiero, en el contexto de su lógica de concentración de las riquezas y cooptación de las democracias representativas, abrió una enorme brecha entre las élites vinculadas a las finanzas y las clases medias de los países ricos del norte. Así, como muestran los economistas Thomas Piketty y Paul Krugman en sus trabajos, se estancaron los ingresos de los sectores medios al tiempo que las riquezas del 1% más rico crecían (y siguen creciendo) vertiginosamente. Al decir de Piketty, en Europa y EE.UU. los actuales niveles de concentración del capital son similares estadísticamente a las sociedades de propietarios y rentistas de la Belle Epoque anterior a la primera Guerra Mundial. Como respuesta a dicha situación de precarización y pérdida del ideal de vida sustentado en ingresos y consumo del pasado, una parte importante de las clases medias del norte global abrazó el imaginario de lo identitario. La Europa que inventó el nacionalismo descrito por Hobbsbawn, y el Estados Unidos calvinista de la excepcionalidad anglosajona, despertaron viejos fantasmas para encarar un mundo ya no de certezas, sino de incertidumbres varias. El otro interno y externo, esto es, el no perteneciente a la raza y orden moral esenciales, surgió nuevamente como el gran culpable de todos los males padecidos. Brotó pues el enemigo que hay que combatir; esta vez, parecido a la época de preguerras, en claves existenciales.

 

El otro externo es el migrante proveniente del sur global expoliado y sempiternamente inestable. Por otro lado, está el otro interno en la multiplicidad de identidades periféricas que, dentro de los países centrales, han cobrado protagonismo en el marco del actual posmodernismo y culturalismo que desprecia un Slavoj Zizek. Estas son las identidades sexuales y de género (gais, trans, lesbianas, etc.), étnicas y otras que, la moral conservadora articuladora de buena parte del imaginario esencialista, rechaza de plano.

 

La articulación que los impulsores de la matriz conservadora del norte han tejido con ciertas élites latinoamericanas, ha hecho que, con diferencias de grado y formas, también llegue a nosotros esta lógica del enemigo a combatir para preservar un mundo esencial. Diferencias que, no obstante, mantienen lo fundamental. Que es la disputa frente al otro “malo”, que amenaza la identidad y la buena moral, y que es “timoneado” desde determinados centros del poder. En nuestra región ese otro es, en buena medida, la izquierda o el progresismo. Que representan la “pérdida” de valores y una amenaza a la “libertad”. Los medios hegemónicos, con cinismo, les dan espacio a estos idearios caracterizados por el desplazamiento de la verdad: todo puede ser verdad si tiene un efecto y no importan evidencias ni razones. De este modo, estamos viendo la naturalización de discursos de tipo fascistas donde se criminalizan las diferencias. Y, cuando se trata contra los “malos”, ese enemigo que nos amenaza, todo es válido. Desde inclementes persecuciones políticas a prácticas de exterminio, masacres de por medio, como sucedió en Bolivia tras el golpe de estado que depuso al legítimo presidente y ganador de las últimas elecciones Evo Morales.

 

En nuestro continente, el más desigual del mundo, estas cosas siempre deben entenderse en clave de relaciones de poder. Es decir, el cinismo de las élites dueñas de esos medios de (des)comunicación que propagan y naturalizan esos imaginarios fascistas estriba en que, al final, lo ven como un mecanismo con el que aseguran sus proyectos de acumulación. Lo cual viene dado porque tales imaginarios configuran sentidos comunes y marcos de opinión profundamente conservadores, y, por tanto, favorables al mantenimiento de las cosas como están. A su vez, confunden a las mayorías que, en lugar de visualizarse en claves de disputa de clases frente a minorías que las explotan desde el privilegio, desprecian al progresismo que realmente lucha por sus intereses. Al mismo tiempo, se enredan en falsos debates contra “ideologías de género”, “comunismo” y otros demonios inexistentes. Tiene lugar, así las cosas, un nuevo tipo de hegemonía de las élites en tanto crean un consenso (en términos de Gramsci) donde el enemigo no está arriba, sino que en la izquierda y en las nuevas identidades. Los intereses fundamentales de las oligarquías se mantienen intactos. Un cinismo oligárquico tan efectivo como destructivo.

 

La disputa cultural frente a los imaginarios conspiracionistas

 

La conducción política del conspiracionismo latinoamericano siempre está a la derecha. Es lo que Jorge Alemán, psicoanalista argentino lauclasiano, decía en un artículo de opinión reciente en el sentido de que el conspiracionismo impulsa a buscar un amo. Un amo que nos “cuide” del enemigo que amenaza la moral y buenas costumbres. Y, ese amo siempre termina siendo una figura autoritaria que pone “orden” y restituye el mundo anterior ideal. Es, pues, la clásica operación que antecede a la instauración del fascismo en tanto reacción conservadora conducida por ciertas élites. Las cuales, utilizando como caballos de batalla a las clases medias ideologizadas, enfrentan la “amenaza roja” que propugna por otras alternativas a lo existente; esto es, a sus privilegios de clase y raza. De ahí que, en tal contexto, siempre veamos operando al viejo odio de clase contra todo lo popular (particularmente frente al recuerdo de los gobiernos progresistas de la década pasada). Las clases medias mediatizadas de la región son las máximas exponentes de ese odio. Dicho odio clasista, así las cosas, es el gran articulador de la actual embestida reaccionaria y anti izquierda que subyace al conspiracionismo. Siendo la izquierda la representante de la destrucción de un mundo imaginario que, en la vida material y desde la política, muchos asumen que deben defender.

 

En tanto en el mundo de hoy las cosas se desplazan, entre ellas la verdad, toma cuerpo, en ese contexto, la radicalización de posiciones. De ahí la actitud delirante y fuera de toda razón, de quienes, en Argentina, por ejemplo, sostienen que el coronavirus es un invento de Bill Gates, el especulador George Soros y los comunistas; y que el gobierno popular de los Fernández utiliza para “convertir su país en otra Venezuela”. Una locura absoluta donde multimillonarios capitalistas van de la mano con “comunistas” y dirigentes progresistas. Si bien no es mayoritaria la militancia que sale a las calles a defender estas elucubraciones sin pies ni cabeza, lo cierto es que hacen bastante ruido y, más importante aún, tienen plataformas mediáticas que amplifican sus mensajes. Puesto que, como vimos, detrás están ciertas élites defendiendo sus proyectos de acumulación con estas hordas del odio de clase y delirios que en tiempos de pandemia se han intensificado. Es, así, completamente explicable que en Argentina sean Mauricio Macri y su partido neoliberal quienes conducen políticamente las marchas anti cuarentenas. Y que, por consiguiente, sean ellos los que calculan obtener réditos electorales en el corto y mediano plazo con el estado de opinión que se va instalando con todo esto.

 

En Brasil, con el sicópata Bolsonaro -quien habla de “gripecita” e instiga a no vacunarse mientras en su país mueren cientos de miles por la pandemia-, estos delirios son gobierno. Gozan de estatuto oficial desde las instituciones formales; con todo lo que ello implica en términos de normativizar y estructurar la sociedad. En tierras brasileñas sectores evangelistas, que fueron claves en el triunfo de la entonces improbable candidatura bolsonarista, desempeñan un rol central ideologizando hacia la derecha. Igualmente, están las clases medias que, a través de un fascista como Bolsonaro, sienten que cobran venganza a esos pobres y negros que en tiempos del PT y Lula se creyeron a su mismo nivel de humanidad. Vemos, por tanto, cómo en dos países fundamentales de la región, uno gobernado por el progresismo y otro por la ultraderecha, buena parte del debate político gira alrededor de extremismos.

 

Los progresismos, así como sectores sensatos más hacia la centroderecha, de la región no debemos perder de vista ni restar importancia a este fenómeno que, con las múltiples crisis que impulsa la pandemia, se ha exacerbado. No se puede porque estos discursos conspiracionistas operan desde una matriz de opinión conservadora muy asentada. Que, asimismo, define gran parte de los sentidos comunes que ordenan nuestras sociedades. Donde, por ejemplo, la lucha contra la “ideología de género” y “defender la vida” contra el aborto tienen inequívoca aceptación, en tanto normalidad indiscutible, en muchísima gente. Además de que son imaginarios transversales en términos de clase, regionalismos y culturas. Sobre esa matriz tendiente a lo conservador, a la idea de que hay unas costumbres y moral que deben preservarse -si acaso por mandato divino-, es que gravita esta embestida fascistoide en la que los extremismos se normalizan. Es decir, se montan sobre algo que está ahí; que habita en la mente de nuestros familiares, amigos, vecinos y compañeros de trabajo. Es una normalidad que, en tanto tal, opera como un sentido común que simplemente existe y no se cuestiona. Condición de posibilidad, al decir de Gramsci, de la hegemonía.

 

La disputa cultural contra estas ideas debe figurar como prioridad en la agenda del progresismo y sectores sensatos de otros signos ideológicos. Para encaminarnos hacia la construcción de marcos discursivos que las combatan efectivamente. Hay que incidir en medios tradicionales, redes sociales y todo espacio de difusión de ideas y contenidos. Para, desde marcos teóricos y metodológicos bien trabajados, llegar al ciudadano común evidenciando la mentira de esos imaginarios conspiracionistas que no llevan a ningún lado. Dejando establecido que, detrás de los mismos, están las élites de siempre maniobrando para que nada cambie y sus obscenos privilegios se mantengan a despecho de la pobreza y exclusión de las mayorías. En esta tarea, insistimos, podemos coincidir diversos sectores ideológicos que, sobre la base de la verdad y la razón, perseguimos sociedades más vivibles y democráticas.

 

Proyectos como el militarismo autoritario de Bolsonaro en Brasil son de poco alcance dada su naturaleza eminentemente coyuntural. Más duraderos son, debido a su configuración, los neoliberalismos del tipo Macri en Argentina, Bukele en El Salvador y otros. Porque logran presentarse desde una estética atractiva, light y bastante convincente de cara al ciudadano medio. Es el autoritarismo que se presenta como “liberal” con sus dictados de “sentido común” y “sin ideologías” que tienen muchas traducciones en la vida material de la gente. Que, sostenidos por lógicas individualistas y de emprendedurismo muy arraigadas, abogan por un capitalismo salvaje profundizador de desigualdades e inequidades. Todos, eso sí, gravitando sobre la matriz conservadora impulsora de los conspiracionismos descritos en este trabajo. Quiero decir, el neoliberalismo, en tanto matriz de sentidos antes que proyecto de acumulación, tiene diferentes caras y estilos posibles: unos mucho más de largo que aliento que otros. El delirio conspiracionista, conducente siempre a la derecha, y que fortalece lógicas de posiciones extremas donde se desplaza la verdad, debe, por consiguiente, entenderse en todas sus formas y expresiones para combatirse. Es menester, en ese marco, la disputa cultural frente a eso.

 

 

- Elvin Calcaño Ortiz

 https://twitter.com/elvin_calcano24

 

 

https://www.alainet.org/es/articulo/208842
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